Subí las escaleras despacio, como hace ya un par de meses que me veo o..." /> Sin ruido | Jandro Tres

De .·.

Published on febrero 13th, 2018 | by Jandro

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Sin ruido

Subí las escaleras despacio, como hace ya un par de meses que me veo obligada a hacer. Hasta el primer rellano aún mantengo el ritmo, pero el siguiente tramo hasta llegar al segundo ya me cuesta más cada día. Si, ya veo, cada día me cuesta más. Pero nadie me lo nota, ni siquiera la septuagenaria cotilla del Primero B que, ¡mira que hace años! todavía no se ha percatado de que esbozo una sonrisa cada vez que paso delante de su puerta y veo deslizarse el metal de la mirilla.

Dejé las bolsas de la compra sobre el felpudo y rebusqué la llave entre los bolsillos del chaquetón. También me cuesta encontrar las cosas. Y eso es que tan solo se trata de las llaves de casa que siempre las llevo en el bolso. Pero hoy me lo olvidé. Éste es el menor de los olvidos, mis recuerdos ya son mínimos y mi extravío mental máximo. Maldito bicho. ¡Ah! Aquí están, bajo el forro roto. Si es que….

Cuando me disponía a abrir la puerta pude escuchar unos murmullos que provenían del interior de la casa. Era extraño, ninguno de los míos debía aún haber llegado y el traqueteo de uno de los innumerables trenes que pasan junto al edificio cada cinco minutos se alió conmigo para que la abriera sin hacer ruido. Con las llaves en la mano me acerqué a la cortina del recibidor y, temerosa, la corrí lo suficiente para observar de quien eran los cuchicheos que no cesaban en el comedor. Mi Luis y mi Teresa. Más extraño aún, ya que ni mi marido ni mi hija acostumbraban a llegar antes que yo a mediodía. Luis sollozaba, su cabeza recostada en el regazo de Tere y en su mano derecha sostenía una carta. ¡Mierda! la carta del Hospital Oncológico que tenía que llegar pero que no tenía que trascender.

Mi hija se asombraba de que su padre no supiera nada, que nada hubiera sospechado durante los últimos meses y Luis, el pobre, no sabía más que preguntarse lo mismo y repetir entre tacos que nada de lo que sucedía podía ser verdad.

Una mezcla de ternura y de dolorosa tristeza desgarró mi maltrecha cabeza. Era verdad, tan cierta como que el final estaba a la vuelta de la esquina. Iba a doblarla sin posibilidad de volver atrás pero nunca quise que sufrieran los míos y mi aspecto, mi cara, mi ánimo y toda yo debían corresponder a la Marisa de siempre. En ocasiones me asaltaban las dudas y un raro egoísmo en mí llamaba a recibir la compasión de quienes me quieren, pero ¿qué derecho tengo a convertir una despedida en un sufrimiento tan duradero?

Ya tenía pensado decir adiós cuando no quedaran palabras con las que poder articularlo, no antes. Pero la carta del Oncológico había trastocado mis planes y preferí retener la imagen de padre e hija abrazados a unas dolorosas líneas de ordenador, que enfrentar sus húmedos ojos llenos de incredulidad, con los míos que ya estaban secos después de vaciarlos noche tras noche.

Así que decidí marcharme tan silenciosamente como había llegado Dejé las llaves sobre el taquillón cuidadosa de que no tintinearan. El tren no me ayudaría esta vez. O tal vez sí.


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One Response to Sin ruido

  1. Gloria says:

    Tristìsimo relato, Jandro, pero felicidades por haberte sabido meter en la piel de Marisa. Su historia es una invitaciòn a reflexionar sobre si debemos compartir o no con los seres queridos nuestro final.
    Qué dilema….

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